Capítulo 5: Lo que habita en la oscuridad… no siempre es lo que parece

Mientras pasaba las horas, acostado en mi cama mirando el techo, todo se apagó. La oscuridad inundó mi pequeño cuarto en segundos y el cántico de los grillos desapareció. Me levanté rápidamente, no asustado ni preocupado, sino esperanzado. ¿Había vuelto?

 

Mañana es el último día de vacaciones en la casa de mi abuelo. Tengo que admitir que no fue lo que yo me esperaba. Supuse que pasaría los días contemplando el horizonte, con la ilusión de que a lo lejos, recorriendo el camino de tierra, se aproximase mi madre, arrepentida por haberme dejado en este infierno. No fue así, ella no volvió ni volverá hasta mañana. Sin embargo, se lo agradezco, ya que es gracias a ella que comprendí muchas cosas, tanto del mundo como de mi persona. Llegué a contemplar la posibilidad de una amistad con mi abuelo y me di cuenta que en el mundo no todo es lo que parece.

Mientras guardaba algunas cosas en mi mochila, pude sentir una pequeña pelota hecha con ramas secas. En todo el mes no volví a ver a aquella figura, jamás supe qué era o qué quería de mí. Si algo había aprendido este mes, era que todos, hasta los seres que viven en la noche, quieren algo. Desde una amistad hasta un regalo, sus deseos son, casi siempre, muy humanos.

Mi abuelo me esperaba abajo con el almuerzo, había preparado el mismo plato que aquel día: sal con milanesas y puré de agua. Esta vez estaba rico. No tenía mucho para hacer más que jugar con mi consola portátil o pasar el rato con el perro, con quien había creado un lazo de amistad. Mientras observaba a estos dos individuos, que viven en medio de la nada, me sentí a gusto. El almuerzo pasó, y con él se fue la tarde. Miré la televisión un rato con mi abuelo, y todavía no logro comprender qué puede ver con esa pantalla tan sucia. Al rato decidí regresar a mi cuarto y terminar de empacar, mi madre llegaría temprano a la mañana y no tenía ganas de hacerla esperar, y que lo primero que me dijese después de no vernos durante un mes, fuese un grito.

La noche cayó, cenamos una buena carne al horno y me fui a acostar. Saqué de mi bolsillo la pelota de ramas y jugué un rato con ella. De todas las cosas raras que viví durante este tiempo, este misterio es el único al que no le encuentro respuesta. ¿Qué quería? ¿Por qué nunca más apareció por aquí? Pero tuve que aceptar el hecho de que si no había regresado hasta ahora, no regresaría esa noche. No podría haber estado más equivocado.

 

Luego de que todas las luces se apagaran y el silencio aplastase el ambiente, me dirigí a la ventana. A diferencia de aquella noche, no había nubes en el cielo y la luz plateada de la luna lo bañaba todo. Allí la vi, una vez más, resaltando en la luz. Bajé corriendo las escaleras y ni mi abuelo ni el perro se despertaron por el ruido. Abrí la puerta, cruce la línea de sal y salí al exterior. Sus ojos rojizos me miraban fijamente y una vez más oí aquel llanto similar al de un perro. Le pregunté qué quería, por qué estaba allí, por qué no me hablaba. Su única respuesta fue inclinar su cabeza, igual que los perros cuando no entienden algo.

Le mostré la pelota de ramas y se puso atenta. Su cuerpo comenzó a temblar y lloró. Le arrojé la pelota y salió corriendo detrás de ella, igual que un perro. Era increíble.

Cuando agarraba la pelota, la tiraba nuevamente hacia mí, para que repitiese la acción. Y lo hice, durante horas lo hice. Pero al rato empecé a cansarme de aquel juego sin final. ¿Qué quería? ¿Jugar toda la noche? ¿No sabía hablar? ¿No sabía hacer otra cosa? Cuando la pelota regresó una vez más a mis piernas, aproveché para preguntar. Ella no respondió y se quedó mirando fijamente el juguete; pero al ver que no lo arrojaba, comenzó a impacientarse. Se acercó unos metros hacia mí, siempre con ese sigilo que la caracterizaba. Sentí un escalofrío que recorrió toda mi espalda. Asustado, moví la pelota para que una vez más se interesara en ella y lograse así salir de esa sensación. Funcionó. Estaba contenta una vez más, o eso parecía. Pero en ese momento, todo salió mal. Al igual que aquella noche, el perro apareció en la puerta y comenzó a ladrarle, sin embargo, algo había cambiado, había cruzado la línea de sal. La criatura no se desvaneció, sino que lo miró fijamente y con un simple movimiento de la mano, uno de sus dedos atravesó al animal. Luego de un grito agudo, el silencio volvió a reinar en la noche. Me quedé congelado de la impresión, del miedo. El dedo soltó al perro y regresó a la criatura, la cual me miró una vez más e inclinó la cabeza, como si estuviese confundida. Arrojé la pelota y salió corriendo tras de ella. Me acerqué rápidamente al animal pero era tarde, estaba muerto.

Ahora agradezco que haya tenido una muerte rápida y sin dolor.

Una vez más, la pelota de ramas chocó contra mi cuerpo. Me giré rápidamente, listo para arrojársela y salir corriendo lo más pronto posible, pero era tarde, ella ya estaba junto a mí. Lo último que recuerdo fue cómo un manto negro me cubría por completo.

 

 

Mi cuerpo creció, en mi rostro ahora hay barba y mi cabello ya me llega a los hombros. Cada tanto me imagino cómo reaccionaron mi madre y mi abuelo. ¿Habrán llorado por mí? ¿O lo habrán hecho por el perro? No lo sé. Tampoco sé si me recuerdan, tal vez por eso es que escribo esto, para que el próximo que venga sepa que existí.

Todos los días, exactamente a la misma hora – sea cual sea – la pelota de ramas secas choca contra los barrotes de mi jaula y ella me mira con la cabeza inclinada, confundida por mi tardanza en reaccionar al juego.

Estoy muy cansado y quiero, de una vez por todas, estar en paz.

Todavía faltan unos momentos para que venga a jugar. Hoy será mi último juego. Hoy regreso a casa.

 

 

FIN

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