Capítulo 3: La Fiura y el joven

Su voz era angelical, sin peso, etérea. Le hizo recordar las historias sobre sirenas que le habían contado cuando niño. Corrió tras ella por largo rato, perdiéndose entre el bosque y los pastizales, hasta que por fin se perdió por completo. Se detuvo y no se movió por largo rato, con los oídos atentos esperó el momento oportuno. La oyó una vez más, a pocos metros frente a él. Dentro del bosque. Se adentró con velocidad y desapareció en la espesura. A los pocos minutos, un grito desgarrador.

 

Desperté gritando. Una película de sudor recubría mi cuerpo y me temblaban las manos. Había soñado que una mantis religiosa gigante me perseguía por el campo y, al atraparme, me decía con una voz seductora: “Vos sos el hombre en la relación.” Imagino que sabrán qué le pasa a la mantis religiosa macho después de estar con la hembra. En fin, pesadillas.

Hace dos semanas, mi mamá me dejó en la casa de campo de mi abuelo Rodolfo, y jamás pensé que llegaría a encontrarle el gusto. Los gallos despertándome a las cuatro de la mañana, los grillos cantando hasta las tres; además, hacía algunos días que tenía la nariz tapada. Bellísimo. Hoy tocaba ir al pueblo a por provisiones. Nos subimos a la camioneta de Rodolfo y nos fuimos, el perro iba en la parte de atrás, con la lengua afuera. Al llegar, nos sorprendió una muchedumbre frente a la clínica del doctor Ambrosio, y como buenos chusmas que somos, Rodolfo y yo nos metimos para escuchar.

Le fui tomando el gusto a mi abuelo. Al principio me parecía una persona pedante que más allá de respirar y mantenerse con vida, no hacía mucho. Sin embargo, pasados los días, me encontré con sus lados más humanos, como la vez que al perro lo chocó un auto y tuvimos que llevarlo al hospital. Lloró como un bebé. No sé, algunos días me gusta considerarlo como un amigo.

Volviendo al chusmerío. Al parecer, un hombre había llegado a la madrugada cubierto en quemaduras, hablando de sirenas y mujeres deformes. Quisieron hacerle más preguntas pero las palabras se volvieron balbuceos y los balbuceos se acallaron hasta que el hombre quedó mudo. Más tarde, hablando con la gente que lo había visto primero, nos enteramos que había llegado desde el Bosque de Comodoro, que recorre todo el lado Este del  pueblo.

Al rato, mi abuelo le restó importancia al hecho y siguió en su camino hacia el supermercado. Yo no. El bosque de Comodoro me esperaba. El perro se me unió y juntos nos adentramos en él.

Nada. Sé que esperaban algo, pero no pasó nada. Bueno, al menos los primeros diez minutos de caminata. Ya estaba atardeciendo y el lugar comenzó a oscurecer. Si seguía avanzando me iba a terminar perdiendo, y no quiero perderme en un bosque. Decidí por el bien del perro y del mío, más del mío que del perro, emprender el camino de vuelta. En ese momento la escuchamos. Una melodía angelical, dulce y tierna. Provenía de lo profundo del bosque. Mis piernas se movieron solas y rápidamente me encontré en una zona completamente oscura, la luz del sol ya no lograba atravesar las densas copas de los árboles y los ruidos habían desaparecido, junto con aquella voz. Desesperado, agudicé mis oídos, preparado para cuando volviese a escucharla. Y así fue.

Corrí las malezas que tenia frente a mí y allí la vi, refrescándose en la laguna de un claro, iluminado por la luz del atardecer. De su cabeza caían algunos cabellos, su piel me hizo recordar a la de los sapos y el hedor que había en el lugar era aniquilador. Pero su voz… su voz era angelical.

Avancé algunos metros, el perro no pudo soportar el olor y se fue corriendo. Me quedé solo. Con ella. Por suerte, la nariz se me tapó nuevamente y el hedor pasó a segundo plano.

Pisé sin querer una rama seca y el ruido me delató. Me miró con ojos extrañamente humanos y así nos quedamos por largo rato.

-Hola – fue lo primero que se me ocurrió decir.

-Hola… – me respondió. Luego agregó – ¿Por qué no estás huyendo?

-¿Tengo qué?

-No, por favor… pero el olor ¿no lo sentís? – su voz, si bien era hermosa, estaba repleta de tristeza y soledad.

-No – le respondí.

Eso no era del todo cierto.

-Y mi aspecto ¿no lo ves?

-Sí.

-Y aún así…

Me acerqué lo suficiente como para notar cada una de sus verrugas y ampollas. Era un ser de lo más feo. Ella se alejó rápidamente. Me detuve.

-¿Cómo te llamas?

-Fiura…

-¿Qué hacés acá? Sola…

-Intento hacer las paces con mi soledad.

-¿Cómo terminaste así?

-Nací así, hija del Trauco, ésta es mi maldición. Nadie jamás me querrá, nadie jamás se me acercará y siempre anhelaré una compañía, un hijo.

-Debés sufrirlo mucho…

-Sí, por eso aprendí el canto de las sirenas, para que la gente se me acerque… pero juro que no es mi intención herirlos.

-Como aquel hombre…

-Sí, sólo quise acariciar su rostro…

Que vida insoportablemente solitaria. Y triste, sobre todo triste. En ese momento me puse a pensar en las constantes quejas que estuve teniendo durante las dos semanas pasadas, con la vida, con mi abuelo, con la casa, con el perro, con todo; y sin embargo la entendía. Cuando llegué aquí, me sentía el chico más solitario del mundo. Pero con el tiempo, las cosas fueron cambiando. Pude amigarme con mi abuelo, con el perro, y en cierta manera conmigo mismo. Fiura era incapaz de conseguir esto. Pude sentir un fuego en mi interior, un deseo.

-No te preocupes – le dije – a partir de este momento, yo voy a ser tu amigo.

Sus ojos se humedecieron y una sonrisa transformó su rostro. El mundo ya de por sí es un lugar terrible, lo mínimo que podemos hacer es recorrerlo en compañía.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s