Capítulo 1: Lo que habita en la oscuridad…

Su aspecto era desastroso, tanto el de la casa como el del dueño. El techo estaba a una brisa de caerse a pedazos, las pocas tejas que aún quedaban en pie le conferían un aspecto de abandono y la mugre que recubría los vidrios no permitía ver hacia el interior. El dueño, mi abuelo, era básicamente lo mismo.

Mientras mi madre terminaba de bajar los bolsos, un perro se me acercó. Era de color marrón, pero no supe si era su pelo o estaba cubierto de mugre. Quise acariciarlo pero lanzó un tarascón y se escondió detrás de mi abuelo.

Todo parecía prometedor.

Mientras entraba a la casa, escuché a mi abuelo preguntar:

– ¿Estás segura que quiere estar acá?

Buena pregunta, Rodolfo. Yo me pregunto lo mismo.

Mi madre repitió las palabras de mi profesora: “Señora, su hijo no tiene amigos ni vida social. Sáquelo de la casa.” Y me trajo al medio de la nada, bien pensado, mamá.

Ella no comprende que nada de lo que pueda suceder en el mundo me interesa… prefiero las historias inventadas.

Si la casa, por fuera, daba ganas de llorar, por dentro era como una puñalada al corazón. Una capa de tierra, del grosor de mi dedo meñique, cubría la mayoría de los muebles, a excepción del sillón, que tenía la silueta de Rodolfo. La pantalla de la tv era amarilla de la grasa que tenía encima. Al fondo del pasillo estaba la escalera, arriba mi cuarto.

La tarde se hizo eterna, pero agradezco haber traído mi consola portátil para pasar el rato. Mi abuelo se pasó todo el día mirando la televisión y no se movió de su sillón, y así nos alcanzó la noche. Hizo milanesas con puré, pero le puso más sal que milanesa por lo que quedaron intragables. El puré era agua. Me fui temprano a mi cuarto, mientras él se tomaba su vino en el sillón.

Intenté dormir un poco pero fue en vano, los grillos se esforzaron por mantenerme despierto, por lo que saqué mi consola y me puse a jugar.

Qué lugar de mierda – pensé – cuando termine el mes voy a terminar pareciéndome a mi abuelo – Pero de repente, la luz de la pantalla se apagó, al igual que los grillos. Todo quedó en silencio y a oscuras.

Me levanté despacio, algo asustado pero a la vez curioso. Miré a través de la ventana cerrada. Estaba todo apagado, incluso las luces de la ruta, a lo lejos.

Bajé las escaleras y sucedió algo curioso. Tal vez me había acostumbrado a la penumbra, pero podía distinguir la mayoría de las cosas que me rodeaban. Llamé a mi abuelo pero recibí un ronquido atronador como respuesta, seguía sentado en el sillón y en el suelo el vaso vacío. Fui a despertarlo pero en ese momento oí un crujido, como cuando pisas una rama seca. Vino de afuera.

Abrí la puerta y me extrañó la línea blanca en el suelo, lo toqué y noté que era sal gruesa. ¿Para qué carajo puso sal gruesa acá? ¿Babosas?

Salí. Hacía mucho frio, tanto que salía vapor cuando respiraba. Volví a escucharlo, esta vez frente a mí, a poca distancia. Concentré la vista en la nada. Me transpiraban las manos. Algo rodó hasta mis pies, lo miré temblando. Era una especie de pelota hecha con ramas.

En ese momento, frente a mí, dos puntos rojos aparecieron flotando en el aire, a una distancia cercana uno del otro. Me paralicé. Las nubes se corrieron y una luz plateada iluminó el lugar; y allí la vi. Era larga y alta, fácilmente dos metros de alto, con los brazos pegados al cuerpo y con dedos tan extensos que rozaban la tierra. Todo en ella era de color negro. En su cabeza, protuberancias similares a ramas conformaban una especie de corona. Sus piernas estaban cubiertas por un manto que se fusionaba con el resto de su cuerpo. A excepción de sus ojos, carecía de rasgos faciales.

Nos miramos por largo rato.

En ese momento, se escuchó en el lugar una especie de silbido, más parecido a un lamento. Torció la cabeza como un perro y me miró con fijeza. Pude sentir cómo se calentaba mi pierna. Me había orinado encima.

Un ladrido aturdidor llenó el lugar, el perro mugroso nos ladraba desde el interior de la casa, no se animaba a cruzar la línea de sal.

La figura se asustó y su cuerpo se disolvió en una especie de humo, y sólo quedaron los ojos flotando. Las nubes avanzaron y la luz plateada desapareció, y con ella los ojos rojos.

Me quedé en silencio, mirando la nada. Muy a lo lejos, las luces de la ruta marcaban una línea que se dirigía al pueblo; la ópera grillesca inició nuevamente. Una pesadez me invadió y me desvanecí.

 

Abrí los ojos. Estaba acostado sobre mi cama, con la consola sobre mi estomago. En la pantalla un cartel de batería baja y de fondo la imagen congelada del juego que había estado jugando: “Lo que habita en la oscuridad”, donde jugas a ser un exorcista. La ventana estaba abierta y las cortinas se movían al son del viento. Quise levantarme pero la mancha húmeda sobre el colchón me detuvo.

Me cambié rápido y metí a escondidas la ropa en el lavarropas, no quería que Rodolfo se enterara.

-Mira que en un rato se come, eh. – avisó Rodolfo. Quería jugar con mis juegos hasta la comida pero la batería tardaría un rato en cargarse. Me esperaban horas súper divertidas por delante, observando los movimientos del sol y al perro correr alguna gallina hasta que, cansado, se detuviese y se lamiera los genitales.

Abrí la puerta y el perro salió corriendo. Caminé algunos pasos y me detuve en medio del patio, admirando el horizonte y contemplando mi angustiante existencia. El can se me acercó y rozó su nariz fría contra mí mano, el mismo perro que ayer me tiró un tarascón ni bien me vio. Lo miré y abrí los ojos de par en par, sorprendido. En su boca, una pequeña pelota hecha de ramas se empapaba en baba. Me pareció oír el ruido que se genera cuando se pisa una rama seca y miré en aquella dirección. No había nada, pero…

 

No lo sé… Tal vez en el mundo sí sucedan cosas interesantes después de todo…

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