Capítulo 2: El oso que quería ser de verdad

-¿Podés volverme real? – le preguntó el oso de peluche a la niña que lo sostenía entre sus manos. La lluvia comenzó a caer con mayor intensidad sobre el basural en el que se encontraban.

 

Estaba durmiendo sobre el pasto, justo sobre una piedra que me apuñalaba la espalda, cuando el perro vino a despertarme. Metió su lengua en mi oreja y me babeó la cara, además lloraba. ¿Qué mierda le pasaba?

Me levanté enojado pero rápidamente comprendí, estaba lloviznando. La combinación de lluvia, atardecer de campo y mi cara pegajosa por la baba de perro me deprimió. Hace una semana que mi mamá me dejó en la casa de mi abuelo Rodolfo, y si no fuera por mi consola portátil, ya me habría pegado un tiro. Nada interesante pasa en el mundo… – metí la mano en el bolsillo de mi campera y pude sentir mi esfera hecha de ramas – Sí, nada…

Regresamos a la casa cuando el sol ya casi terminaba de ocultarse. Me encontré con dos camionetas venidas a menos en la entrada. Al parecer aun no había finalizado el torneo de bingo/riña de gallos; invento de mi abuelo.

Al entrar, los gritos y risas eran ensordecedores, incongruentes. Sin embargo, un dato oculto entre tanto desorden llegó a mis oídos: “Dicen que el bicho ese habla como nosotros… pero es un muñequito, de esos que usan los chiquitos, Rodolfo.”

Me encontré corriendo en dirección al pueblo. No supe si por lo ilógico de la noticia o porque era excusa suficiente para salir de la casa. Al llegar hice algunas averiguaciones: el rumor era conocido, la mayoría hablaba de que había un espíritu involucrado y que todo giraba en torno a una niña pequeña.

Tardé un poco, pero los encontré. La casa era pequeña, rozando lo precario. En la puerta esperaba el padre Jorge junto a una pareja, al parecer eran los padres de la niña. Querían que el padre sacara al espíritu maligno de la casa, el pobre Jorge parecía más asustado que ellos. Mientras lo convencían, vi una sombra que escapaba por detrás de la casa. La seguí lo más sigilosamente que pude hasta que llegamos al basural del pueblo. La luz natural ya casi brillaba por su ausencia, por lo que era difícil percibir lo que me rodeaba.

Sobre un montículo de desechos, metales oxidados y comida podrida, se encontraba un pequeño sillón rojizo, con la tela arrancada; sobre él, la niña y su oso de peluche.

Me acerqué lentamente, escalando lo más despacio posible para no cortarme y morir de tétano en medio de la nada.

-¿Vos también venís a separarnos? – preguntó la niña, el oso descansaba a su lado.

-No, no. Nada más quería saber si el rumor era cierto.

La niña miró al oso y yo la imité. Pasaron lo que parecieron horas, y sólo cuando me sentí lo suficientemente idiota por esperar algo de un pedazo de tela rellena de guata, dejé de hacerlo. Me disculpé con la niña por haberla seguido y comencé el descenso.

-Tiene miedo… por eso no habla.

-¿Miedo de qué? Es un peluche… – respondí enojado.

-¿No puede sentir miedo?

-No, los juguetes no sienten. Son cosas hechas por hombres, no tienen… no tienen alma.

El cielo se nubló y al poco rato comenzó a lloviznar. Comencé el camino de vuelta.

-Vos también estás hecho por hombres… ¿Tampoco tenés alma?

-Bueno, yo sí…

-Y ¿Por qué él no?

– Porque las cosas, los objetos… no nacen con ella…

La niña hizo silencio y yo comencé mi camino de regreso, ligeramente deprimido.

-¿Tampoco vos podés hacerme real? – la voz sonó como un niño, uno cansado y triste. Me detuve al instante.

Di la vuelta. La niña me observaba, el oso también.

-¿Por qué no puedo ser de verdad?

-¿De verdad? Ya lo sos… Sos un peluche de verdad… – me sorprendió mi rápida aceptación del hecho que ante mí sucedía. Un oso de peluche que habla como un niño de diez años.

-No… – respondió el felpudo – vi mi reflejo en los fragmentos de un espejo, sé que soy un oso, pero ¿por qué no uno de verdad? ¿Para qué estoy vivo, si no puedo ser lo que debo ser?

-No sé porque naciste dentro de un oso de peluche, pero no por eso tenés que conformarte con ser un oso… Podés ser lo que quieras ser…

-¿Lo que quiera?

-Lo que quieras…

El oso no se movió.

-¿E ir en contra de lo que se supone que tengo que ser?

-Tenés la libertad de elegir…

Se quedó en silencio por un rato.

-Quiero quedarme con ella y ser su amigo… ¿Puedo? ¿Eso me hará real?

-¿Por qué necesitas que otro te diga qué es real y qué no? Lo que sea que vos consideres real, lo es…

La niña lo abrazó con fuerza, estrujándolo contra su pecho.

-Te quiero… – le dijo.

-¿Me ayudarás a hacerlo real? – preguntó el juguete.

-Siempre…

El repiqueteo de las gotas contra la basura creaba una extraña y bella melodía. Los dejé solos.

 

Cuando por fin regrese a la casa, mi abuelo estaba durmiendo sobre su sillón, la luz de la televisión lo iluminaba y en el suelo, su vaso de vino vacío. El perro me reconoció al entrar y no ladró, sólo regresó a sus sueños. Me dirigí a mi cuarto y me recosté en la cama, sonriente.

 

No lo sé… Tal vez en el mundo sí sucedan cosas interesantes después de todo…

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