Memorias cardenales

Aún lo recuerdo, el viento bajo mis alas, entre mis plumas. El sol detrás de mí y el mundo por delante. Sí que lo recuerdo.  Era el más rápido de la bandada, era el más apuesto, mi instinto era el mejor, sabía cuál era la ruta migratoria sin necesidad de abrir los ojos. Era feroz, era combativo. Era el líder.

Me gustaría decir que la vejez me trajo hasta aquí, pero eso sería mentir, y los cardenales no mentimos. Mi arrogancia fue el detonante, la clave para que todo terminará como terminó.

Se acercaba la migración anual y yo debía guiar a mi bandada. El trayecto en sí era bastante recto, pero los fuertes vientos cruzados complicaban su recorrido. No me malentiendan, para mí no era problema, mi destreza para desplazarme por las corrientes era perfecta, pero yo no estaba solo y no todos eran capaces de seguirme.

Cuando llegamos, las correntadas eran tan poderosas que los más pequeños corrían riesgo de ser succionados por las mismas, perdiéndose. Tenía que decidir. Mi instinto me decía que siguiera derecho pero mi mente me decía que la solución era otra. Tenía que decidir. Miré cada uno de sus rostros y en ellos encontré una respuesta.

Mi mente superó mi instinto. Tomaríamos otro camino. Las quejas no se dejaron esperar, todos estaban disconformes con mi decisión, lógicamente.

– ¡Nos perderemos! – dijeron – ¡Nunca más podremos volver al camino y moriremos!

-Tranquilos, recuerden quien los está guiando – pronuncié y muchos callaron, pero no todos. Sin embargo, las voces a mi favor eran mayores y por unanimidad, me hicieron caso.

Seguimos el nuevo sendero trazado por mi mente. Por primera vez, los cardenales irían en contra del instinto y crearían un nuevo camino. Nos había librado de la prisión que la naturaleza había impuesto de nacimiento sobre nuestra especie, ya nada sería igual en nuestro mundo.

Pero mis sueños de gloria fueron fugaces ante la venganza que nuestra Madre tenía preparada para nosotros, para mí.

Jamás en mi vida presencié vientos como esos. Parecían estar vivos, enojados. Los primeros en irse fueron los más pequeños, seguido de los más ancianos. Tuve la intensión de regresar pero tenían razón, había perdido de vista el sendero. Decidí comunicarme con el resto pero fue en vano, ya no estaban allí. No sé cuando los perdí, si cuando los vientos empeoraron o cuando decidí jugar a ser Dios.

Lo último que recuerdo fue la impotencia que invadió mi cuerpo, y el miedo, oh sí, un miedo que carcomió mi sistema como un cáncer. Luego, un cúmulo más grande que el mayor de los edificios humanos me alcanzó. Entre el caos, descendí a la tierra.

Desperté en esta jaula, con ambas alas rotas y una fractura en la pierna derecha. Conocía mi cuerpo como nadie, nunca más podría volar.

Todos los días me colocan junto a este vidrio, para que pueda ver el exterior. No sé si se trata de la justicia divina o el karma, pero desde aquí puedo ver, todos los años, a los cardenales que migran hacia el norte.

Cuando otras especies bajan al patio a comer, me cuentan cómo está todo allá arriba y se me hace un nudo en la garganta.

De verdad que extraño volar…

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