La muerte que no fue

Uno de los primeros primerísimos textos que escribí, que recibió una mención especial en un concurso realizado en mi barrio.

-No puedo moverme – dijo Germán, pero de su boca no surgió ningún sonido. Se encontraba en medio de la oscuridad. No había techo, no había piso, sólo estaba el vacío. Se sentía desnudo, con miedo. Cerró sus ojos con fuerza, deseando que todo cambiara. Pero ¿Cuándo eso si sirvió de algo?

Los volvió a abrir y el miedo le cedió su lugar a la sorpresa, pero sólo brevemente, el miedo siempre quiere ser la estrella. El lugar donde se encontraba le era familiar. Era el living de su casa. Los muebles eran los mismos, las paredes tenían el color de siempre, su familia brillaba por su ausencia. Si, tenía que ser su casa. Pero algo era diferente, lo percibía, pero ¿Qué?

La luz que entraba por las ventanas era una mezcla entre naranja y rosa.

– Debe de estar atardeciendo – pensó con amargura.

Jamás le habían gustado los atardeceres ya que para él significaban el fin del día, el fin de algo. Tampoco sentía afecto por sus colores, cálidos pero a su vez nostálgicos, ¿Cómo algo tan bello podía generarle tanto pesar? Y el silencio, cuánto silencio.

Pero como ya dije, el miedo siempre quiere ser la estrella, por lo que irrumpió en el joven hasta la médula.

– ¡Ya están aquí! ¡Tengo que huir! – gritó en silencio, y eso fue lo que hizo. Corrió hacia la puerta de calle como si su vida dependiera de ello, y escapó al exterior.

Creyó haber escapado del peligro pero seguía aterrado. Divisó a lo lejos, en medio de la calle, una figura. Parecía ser un hombre,  vestía lo que aparentaba  ser una túnica, negra como la noche. Una capucha tapaba su rostro por lo que toda su identidad se perdía en la oscuridad. Pero eso no era lo que más miedo generaba. Era su pecho, o al menos donde debería estar su pecho. Cubierto por un liquido rojizo con manchas negras que se sacudían sin cesar.

Pero la figura no se movió. Ni siquiera atisbó a perseguirlo. No. Lo esperaba, tranquilo y sin apuros, como siempre había hecho. Pero él no pensaba lo mismo. Dio media vuelta y regresó al interior de la casa. Pero ya era tarde. Otras dos figuras, idénticas en aspecto pero con menor altura, lo esperaban en el living de su familia. Pero no emitían la misma sensación que la de la calle. Parecían tristes, con las cabezas gachas. Como si sintieran vergüenza o  estuvieran siendo sumisas.

Algo curioso del miedo es que tiene dos efectos: puede quitarte todo el valor, todo el coraje que poseas y dejarte en la nada ó puede tentar todo tu valor y coraje y hacer de ti una fiera. Para su suerte, su cerebro optó por el segundo efecto y decidió dar media vuelta y volver a huir. Pero otra vez, como tantas otras veces, ya era tarde y la figura que antes lo esperaba en la calle, ahora le cortaba el paso. Acercó su cabeza hacia la de Germán, la oscuridad dentro de la capucha se disipó y pudo ver su rostro, un rostro tan grotesco que generaba ganas de vomitar con solo mirarlo. Parecía ser el rostro de algo engendrado entre un hombre y un cerdo. Allí fue cuando su cerebro decidió optar por el primer efecto del miedo y perdió la conciencia.

Cuando abrió sus ojos, no lograba entender nada de lo que estaba sucediendo. Veía todo distorsionado, entre brumas. Intentó moverse pero no lo logró, intentó gritar pero el tubo transparente que se insertaba en su boca se encargó de que eso no sucediera. El pánico fue lo primero que sintió, desesperación fue lo segundo y el llanto llegó tercero, luego los tres se unieron como hermanos y fluyeron al unísono. Lo que lo sacó de su completa agonía fueron tres simples sonidos que retumbaron en su cabeza. Sonaban raro, como si fueran huecos. De repente, la bruma de sus ojos desapareció en un extraño vaivén y pudo ver la cara del hombre cerdo que lo miraba, sonriente.

Se dio cuenta que estaba encerrado en una especie de capsula de vidrio. El ser grotesco se apartó del cristal y se sentó sobre la mesa que estaba al lado de la capsula, movía las piernas como lo hacen los niños cuando se divierten, a su lado estaban los otros dos.

Su cuerpo se sentía más pesado, más caliente. Se miró y pudo ver que llevaba puesta una túnica negra. Dentro de la capsula se escuchó un ligero chasquido, como si algo se accionara y por el tubo comenzó a correr un liquido verdusco y fluorescente. Podía ver como se acercaba hacia él a toda velocidad y no podía hacer nada para detenerlo. Al primer contacto con el líquido sintió el dolor más agudo y terrible que había sentido en su vida pero solo duró unos segundos. Luego fue solo un ligero ardor que recorría todo su cuerpo. Intentó moverse pero eso hizo que su pecho ardiera nuevamente. Se revolcó frenéticamente.

– No sé de que te quejas, si es tu trabajo – dijo el hombre cerdo como si lo estuviera retando.

Se quedó quieto, mirando al ser grotesco. Ya no sentía nada, no sufría, no olía la carne quemada, quedó en la nada.

Mientras los últimos jirones de carne y hueso aún se derretían, el joven se dio cuenta que ya no era posible escapar de su destino y por eso aceptó lo que tenía que aceptar.

–Si… – dijo con una voz que le pareció gutural, casi inentendible – no sé de que me quejo.

Germán volvió a abrir los ojos. Se encontró con paredes que lo conocían, las de su cuarto. Por la ventana no entraba la triste luz del atardecer, si no la del amanecer, pero le generó nada. – ¿fue un sueño? – pensó, sintiéndose raro. El grito de su madre para que baje a desayunar lo despertó del todo. Bajó las escaleras y se sentó en la mesa. A su izquierda estaba su hermano con la cabeza gacha, concentrado en su comida en silencio, frente a él su madre, que comía igual de callada y a su derecha, su padre que lo miraba con ojos duros y fríos. Masticaba con la boca abierta y por su mentón le corrían ríos de saliva, aceite y comida a medio masticar. Se podía sentir como movía, divertido, sus piernas bajo la mesa.

– ¿Y nene? ¿Listo para tu primer día de laburo?

Germán lo miró, su rostro parecía el de un cerdo.

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