El cuartito de los gatos

Nunca me cerró del todo el cuartito del fondo de mi casa. Lo llamábamos “El cuartito de los gatos” porque el primer día que nos mudamos a la casa y abrimos su puerta, cientos de gatos salieron escapando de su encierro. Jamás olí algo tan nauseabundo y, desde aquella vez, no volvimos a abrirlo. Y los años pasaron, muchos de ellos, muchísimos.

Durante ese tiempo, muchas cosas sucedieron en mi familia, por ejemplo, mi mamá se fue sin avisarnos ni decirnos nada; aunque tampoco me importó mucho que digamos, no era la mejor del mundo. Siempre se ponía algo agresiva con mis hermanos chiquitos, conmigo no, decía que la ponía nerviosa cuando me la quedaba mirando durante las noches; que le hacía acordar a los gatos del cuartito. Cada tanto la extraño.

En fin, el tiempo pasó y mis hermanos se mudaron de la casa… ya no hablamos como antes, creo que a ellos también los pongo algo nerviosos. No lo hago a propósito. Al final sólo quedamos la casa y yo. Yo y la casa.

Fue durante uno de los peores veranos que viví. En la calle se podía sentir el cáncer de piel que traía el sol y todo lo que quedase a merced de sus rayos padecía la terrible muerte por derretimiento, aquella que sólo conocen los cubitos de hielo. Fue durante esa época  donde lo escuché. Lo oí por primera vez durante la noche, alrededor de las veintiún horas; yo ya estaba acostada.

Mi habitación comparte pared con el cuartito, y allí lo oí. Al principio un rasgueo frenético, como si un ejército de ratas intentase escalar la pared, luego llegó el quejido, corto pero grave. Por último llegó el silencio. No volví a oír nada y no pude pegar un ojo… ¿Serían ratas? ¿Se habrían metido gatos otra vez en el cuartito? Mentí cuando  dije que no pude pegar un ojo en toda la noche, al rato me quedé dormida como un tronco. La noche es mi momento favorito, donde puedo sentir algo de paz y silencio, a excepción de aquella vez, obviamente.

Durante tres días no volví a escucharlos. Ni un rasguño, ni un quejido, sólo silencio. Chequee que la puerta siguiera bajo llave y así lo estaba. Me reí de mi misma, era obvio que nadie podría haber abierto la puerta, nadie viene a la casa y sólo yo vivo en ella. Me reí un poco más de mi misma.

Pero esa misma noche, mientras comía en compañía del silencio en la enorme mesa del comedor, volví a oírlo. Los rasguños se oían en todas las paredes, ya no en la de mi cuarto, y el quejido fue largo y tendido; cuando por fin terminó, se quedó rondando los cuartos un poco más. El silencio volvió.

Si, debían ser ratas y si no eran ratas debían ser gatos y si no eran gatos, debía ser algo mucho más grande.

Esa noche me dormí un poco más tarde. Los ruidos volvieron y no pararon hasta muy entrada la madrugada.

Me desperté alrededor de las cinco, aun no había amanecido pero el cielo ya estaba aclarándose y el calor empezaba a asentarse. Tenía el cuerpo empapado y el camisón rosado se me pegaba al cuerpo. Todo estaba en silencio. La blancura del techo me miraba fijamente. ¿Lo había escuchado en sueños? Los ruidos… El teléfono sonó. Lo tenía en la mesita de luz y contesté con rapidez.

-¿Hola? – mi voz hizo eco. Nadie contestó, tan sólo se oía la interferencia y el vacio que generaba el silencio de aquel que había llamado.

-¿Hola? – volví a preguntar. La llamada se cortó.

Me quedé mirando el techo hasta que amaneció.

Desde aquella llamada, todo fue empeorando. Los rasguños y quejidos se oían todo el día, el teléfono sonaba constantemente y cada vez que contestaba, sólo oía el silencio. Varias veces corrí hasta la puerta del cuartito y golpeé, amenazando a lo que estuviese adentro para que parase.

-¡Suficiente! Ya tuve suficiente, voy a llamar a… a los fumigadores, eso, a los fumigadores – Y los ruidos se detuvieron – ¡Ja! Ya me parecía.

Pero la respuesta que recibí fue un incesante crujido que pareció torcer cada una de las vigas de mi hogar. Aquella noche no dormí bien, y por primera vez soñé con mi madre, no sé porqué.

Me despertó aquel insoportable crujido. Aún era de noche. Me senté sobre la cama y miré mis pies durante largo rato. Las venas azules resaltaban sobre mi blanquecina piel. Me levanté y salí al pasillo. La puerta de mi cuarto estaba casi al final del pasillo, y al final del mismo, estaba la puerta del cuartito. Estaba entreabierta.

-¿Podés parar? – mi voz no hizo eco en el pasillo y una ráfaga helada llegó hasta mis pies.

-Por favor… – la puerta se cerró violentamente.

Me fui a dormir.

Durante el día volvió a sonar el teléfono. Atendí rápidamente.

-¡Hola! – no quise gritar, no me gusta.

-Hola… ¿Carmen? – la voz era la de una mujer.

-¿Mamá? ¿Sos vos?

La llamada se cortó.

Aquella noche la pasé en el pasillo, mirando fijamente la puerta. Cuando los ojos se me cerraron del cansancio, escuché el chirrido de sus bisagras.

A la mañana siguiente volvió a llamar mi mamá, me contó que mientras viajaba se había perdido, se le había acabado la plata y que si podía darle una mano. Le pregunté que porqué no volvía a casa y así intentábamos arreglas las cosas. Siempre se cortaba la llamada antes de que pudiera responderme.

Esa misma noche volvió a llamar. Durante la llamada, los ruidos de la casa fueron insoportables. Estaba llorando y no sabía dónde estaba, tenía miedo.

La puerta del cuartito se abría y cerraba con fuerza tal que pensé que la casa se iba a derrumbar.

Me volví a dormir.

A la mañana siguiente, mi mamá no me llamó. Me pasé todo el día frente a la puerta del cuartito.

Me acerqué a ella, rocé la manija de metal dorado, acaricié la llave que la mantenía cerrada. Sonó el teléfono.

Corrí y atendí.

-¡¿Mamá?!

-¿Por qué hiciste eso Carmen? ¿Por qué me hiciste esto? ¿Qué te hice yo a vos? – estaba llorando.

-Mamá…

-¿Por qué?

No le contesté enseguida. Quería que sintiera el mismo silencio que ella me había hecho sentir a mí. Los rasguños, los quejidos y los crujidos de las vigas empezaron a retumbar por todos lados, a mí alrededor, en mi interior. Me sacaban de quicio.

-Porque… Mamá ¿A vos te gustan los gatos?

-No… los odio… ¡Los odio! ¡Los odio! ¡Los odio! ¡LOS ODIO! ¡LOS ODIO A TODOS Y A CADA UNO DE ELLOS! – sus gritos me perforaban la cabeza. Me tapé los oídos pero fue en vano, ya se oía en toda la casa. La casa gritaba. No lo soporté más.

-¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! – volví al cuartito de los gatos y me paré frente a ella – ¡Basta! ¡Basta!

El llanto que escapó de su interior fue angustiante. Giré la llave con furia y entré. El olor era nauseabundo. – ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!

Fue difícil moverme entre los pequeños cuerpos felinos, pero lo logré. Ella me miraba fijamente, podía notar el odio todavía en sus ojos. Apreté su cuello con todas mis fuerzas hasta que la casa hizo silencio.

La puerta del cuartito de los gatos se cerró a mis espaldas, y un teléfono en el suelo generaba interferencia.

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