Una noche como cualquier otra

Fue una noche como cualquier otra y yo tendría, probablemente, 7 años. En esa época dormía en el mismo cuarto que mis hermanas, la mayor en la parte de arriba de la cama marinera, yo abajo y mi otra hermana en una cama plegable. Fue una noche como cualquier otra, hasta que llegó la hora de dormir.

Mi mamá me avisó que irme a dormir sin haber ido antes al baño podría traerme problemas más tarde, le di poca importancia. Había cosas de mayor magnitud que hacer, como armar los mazos para intercambiar cartas en el colegio o jugar una vez más al alpinista, agarrándome de los tirantes de la cama de arriba.

Las luces se apagaron y todos nos acostamos. Era invierno y me dormí mirando fijamente el fueguito de la estufa del cuarto. Me desmayé como si nada.

Pero me desperté asustado, transpirado y agitado. Todo estaba en silencio y a oscuras, a excepción del fueguito de la estufa, y mi vejiga tenía el tamaño de una pelota de fútbol.

Era mortalmente necesario ir al baño, así que con cuidado y sin hacer ruido me dispuse a salir de la cama, pero me llevé puesta la pared. Supuse que aún estaba dormido, por lo que giré sobre mi mismo volví a probar, pero una vez más, me di contra la pared. No, no, tenía que seguir dormido. – Más fácil – pensé y me guié por el fueguito de la estufa. Estaba enfrente de mí, así que para salir, tenía que irme para la izquierda. Otra vez la pared. Desesperado, me arrastré por la cama e intenté ir hacia mi única luz en aquella oscuridad pero no pude pasar de los barrotes de la cama marinera.

Totalmente aterrado, agarré el mazo de cartas y lo tiré contra la estufa. El ruido que hizo fue espeluznante, ¡pero había atravesado la cama! Salté hacia afuera, pero mi cara se retorció del dolor al estrellarme contra la pared invisible.

Les grité a mis hermanas pero ninguna me respondió, golpeé por todos lados, grité y grité, pero nadie vino a ayudarme.

Pasaron lo que parecieron horas y nada cambió. El reloj digital del escritorio marcaba las 4 de la mañana, en 3 horas más se despertarían todos e iba a salir el sol. Me quedé quietecito, en silencio. El sueño se me había ido hace rato y prefería no moverme hasta que hubiera movimiento en la casa.

Tal vez, con un poco de luz, me sería más fácil salir de allí.

Recé porque mi vejiga aguantara.

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