Capitulo I – La mujer de mi vida

Mi nombre es Gastón y una vez más me encuentro frente a una hoja en blanco. Nos miramos fijamente. Yo ataco con ideas, ella con la sensación de que no son buenas. Durante años nos enfrentamos a duelo, hasta ahora no he ganado tan sólo uno.

¿Por qué negas mi placer? Es lo que le pregunto día y noche. ¿Por qué no permitís que sea feliz?

Porque no sos vos, soy yo. Son pocas las veces donde aceptamos la verdad de las cosas. Ya sea que Papá Noel son en realidad tus padres o que si cavamos lo suficiente llegaremos a China; o que no tenés talento en lo que te gusta hacer.

Tuve que salir de mi casa por un rato. El ruido de la calle, los autos con sus bocinas, la gente con sus insultos, el caos. En él, encuentro un poco de paz.

Camino por las calles en busca del bar de siempre, aquel que recibe mis penas tanto nocturnas como diurnas, aquel que me ha visto sin mi máscara; esa que usamos para no resaltar tanto entre los demás y que muchos terminan asimilando.

“Lo de siempre” le pido al barman. Ni siquiera tiene que mirarme a la cara para saber quien le está hablando. Me acerca un vaso con un líquido espeso y oscuro que se revuelve en su interior; jamás supe de qué estaba hecho “lo de siempre” y mi cerebro me recomendaba no preguntar.

Giré en el banco y miré el resto del lugar. Vacío, a excepción de una única mesa tomada por una pareja. Hablaban entre ellos, con los rostros ensimismados, como si el ruido inexistente del bar hiciera necesario tal acto.

“Disfruten que la vida es corta y rara vez nos regala cosas” les dije. No me contestaron. Ya se darán cuenta.

La vida es mala, Dios es malo. Al final, todos nos quedamos solos y sin cumplir nuestros sueños. Agarré mi trago, lo alcé al cielo e hice un brindis. “Para vos que no me querés ayudar. Acá abajo hay alguien que te odia y que va a hacer lo posible para llevarte la contra. Gracias por nada, Dios”.

Estuve a punto de tomar mi bebida pero la luz me encandiló, alguien había entrado al bar y yo me había olvidado que aún eran las doce del mediodía; y allí la vi, radiante como el fuego e igual de peligrosa. Llevaba puesto un vestido rojo, pegado al cuerpo, y para taparse del frio una chaqueta de cuero negro, igual que mi bebida. Alrededor de su cuello, una enorme boa de plumas rojas y negras.

Caminó en cámara lenta hacía mí, o al menos yo lo percibí de esa manera; increíble las cosas que logra el cerebro con los estímulos correspondientes. Se sentó a mi lado, miró mi trago, me sonrió y ordenó lo mismo. Yo me quedé con su sonrisa mientras el mundo siguió con la suya. Una vez más me perdí la combinación de bebidas que usó el barman para hacer mi trago de siempre, también me perdí a la pareja discutiendo por el mismo motivo que yo me había perdido en su sonrisa.

Tenía un lunar en la parte inferior del labio, típico de las femme fatale de las películas, ojos color verde esmeralda y el pelo corto, pegado a la cabeza. No le hacía falta remarcar ninguna otra parte del cuerpo.

Me miró fijamente, siempre sonriendo, y de un sorbo se bajó el trago entero. Ni en mis mejores momentos fui capaz de eso. Era mi tipo de mujer.

Abrí los labios para decirle algo, lo que fuese. Mi cabeza giró con violencia luego de un cachetazo que no vi. Me había enamorado.

Se levantó de su asiento, se acercó al mío, agarró mi cara entre sus delicadas manos y me besó fuertemente, tanto que me sangró el labio. Era para siempre suyo.

Mi cuerpo dejó de pesar los 77 kilos de siempre y se transformó en una pluma, menos que una pluma, se convirtió en la nada. Desaparecí en el éter.

Pero una mano invisible me tiró para abajo de un sacudón; ella se fue del bar.

La seguí cual perro faldero y pude escuchar de fondo los gritos del barman. No había pagado el trago, ni pensaba pagarlo. Prefiero buscarme otro bar a que por su culpa pierda de vista al amor de mi vida.

La enganché justo cuando doblaba en un pasaje, el baile de su vestido rojo era como una bengala en medio de la tormenta.

Me metí en el pasaje como un animal pero ella no estaba. “Imposible…” mis palabras se escaparon de mis labios e instantáneamente una pesadez casi espiritual me hundió hasta el Hades mismo. Y de repente alguien me agarró del cuello y me susurró: “¿Me buscabas a mí?”. Cerré los ojos, a un paso del éxtasis. Sí, a vos te buscaba.

Se alejó de mí con una sonrisa, acariciándome la cara con su dedo índice. “¿Qué pasa? ¿Te gusto?”. Pregunta si me gusta. La misma pregunta se le puede hacer a un perro al ofrecerle un pedazo de carne o a un nene un caramelo. Ya todos sabemos la respuesta, pero a las mujeres les gusta que se las digan igual, les gusta regodearse en el deseo de los hombres desesperados. Al menos el tipo de mujeres que me gustan a mí.

No se lo dije.

“¿Ahora te comió la lengua el gato?” Creo que sí. “Lástima, pensé que me ibas a servir…” y se fue caminando.

¿Qué hacés boludo? ¡Se te va! ¡Correla! ¡Sí, señor!

La agarré rápido de la mano y la acerqué a mi cuerpo, bien pegados. “Para lo que quieras…” ¿Una frase más cursi no tenías para decir?

“Lo que quería escuchar” me amagó un beso y volvió a alejarse. Pero ahora sonriendo. “¿Es verdad lo que dijiste en el bar?”

¿Lo que dije en el bar? ¿Qué carajo dijiste en el bar? No sé, ¿vos te acordás? No me acuerdo lo que desayuné hoy y me preguntas que dije en el bar, sabés que la memoria no es lo mío;  si, pero ella no sabe, idiota.

“El brindis…” me dijo suavecito. Me muero acá mismo.

“Ah, sí. El brindis…” respondí con voz gruesa. Como si eso borrara la cola de perro faldero que me había salido. Pero la seguí igual. “¿Qué pasa con el brindis?”

“¿Lo dijiste de verdad? ¿Esa es tu opinión de Dios?” Uh, no me digas que es religiosa. Siempre quise estar con una monja. Pero mirá si te pide que te hagas cura. Por ella me hago monaguillo. Pero no vas a poder estar con ella ni con ninguna otra más. Bueno, pará, si vemos que se pone jodido salimos rajando.

“Eh y ¿Qué si esa es mi opinión?” Eso, hacete el macho.

Caminó alrededor mío como una fiera que tiene encerrada a su presa; que técnicamente era lo que estaba sucediendo, y me dijo: “Quiero saber si lo sentís de corazón… bien en el fondo del corazón” y se inclinó un poco para adelante, apretando los codos para mostrarme, yo supongo, su corazón. Pude notar un tatuaje que cubría todo su pecho, parecía ser una cruz con un símbolo en cada una de sus puntas. ¿Cómo no lo había visto antes?

“Si…” las palabras estaban en mi contra. “Excelente” dijo toda contenta, “vamos a llevarnos muy bien” Win, win, win, checkpot, wingardium leviosa y la madre en coche, ¡Lo hicimos! Pero, pará nene, ni sabes que es lo que vamos a hacer. Pero ¿Qué importa? Mirá el minon que tenemos en frente, ¿sabés hace cuanto no nos pasaba esto? Bueno cuando aparezcas en una bañadera con una cicatriz en el estomago y una cartita que diga: “Perdón pero la vida es así” yo voy a estar ahí para decirte: “Te lo dije”. ¿Podes nos ser tan negativo? Alguien tiene que ser el realista.

“Y ¿Qué vamos a hacer?” pregunté ansioso.

Se rió por lo bajo, como si hubiera dicho un chiste malo pero como me quiere, se ríe igual. “No te preocupes, yo te voy a avisar”. Me tapó los ojos con su mano y pude sentir sus suaves labio rozar contra los míos, pero los movió lentamente por mi rostro hasta alcanzar mi oreja. “¿Tenemos un acuerdo?”

Me tembló el cuerpo. “Tenemos un acuerdo…” y quitó su mano de mis ojos. Me encontraba solo en aquel pasaje. Ella había desaparecido por completo, sin dejar rastro. “¿Qué carajo?” ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde se había ido el amor de mi vida? Y mientras me ahogaba en mis penas, un fuerte ardor me perforó el pecho. Sentía como si apoyasen un fierro al rojo vivo sobre mi piel y la retorcieran para que quedase bien marcado. Cerré los ojos del dolor y grite y grite; grite tanto que todavía no entiendo como nadie me escuchó. Pero repentinamente el dolor se desvaneció. Abrí los ojos, asustado, y me encontré en mi cuarto.

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