De amistad y otros pesares

Allí estaban todos ellos, una vez más, reunidos en el patio. Dos señores palomas, las más grandes del grupo, cuatro torcazas, las más distraídas, tres canarios, los más veloces de todos y por último se encontraba Alberto, el cardenal, en su jaula de siempre. Todos los domingos se reunían para el almuerzo y la merienda de la tarde, aprovechando que los dueños dejaban caer semillas al suelo, para que todos los amigos de Alberto pudiesen comer con él.

-¿Cómo lo está pasando, mi querido amigo, Alberto? – preguntó amablemente una de las palomas.

-Oh, muchas gracias por preguntar, mi estimado. Estoy de maravillas, pero más aún con la compañía de todos ustedes – hacía años que todos se conocían, después de todo, Alberto había vivido en su jaula y en la casa por más de diez años.

Todos rieron y festejaron, alagados por las palabras dulces de Alberto, que además, era el de mayor edad, convirtiéndose para muchos en una especie de mentor. Era muy querido entre todos.

-¡Alberto, Alberto! ¿Cómo te encuentras de tus alas? ¿Te siguen doliendo? – preguntó uno de los canarios. Lamentablemente, el paso de los años había deteriorado sus pequeñas alas, y ya no eran las mismas.

-Oh, muchísimas gracias por preguntar, estoy mucho mejor, ahora que veo que te preocupas por mí.

Todos se querían mucho en aquel patio. Pero había un ave que no había sido invitada al almuerzo y merienda, un ave que solo quería el mal. Aguilucho, una enorme ave traída desde lejos, no era capaz de llevarse bien con ninguno de ellos. Tenía celos y sentimientos rencorosos atragantados en su garganta, y su pelaje negro lo tornaban amenazante. Obviamente que Alberto y sus amigos habían intentado unirlo al círculo, pero no había caso, Aguilucho tan solo quería generar estragos. Y aquel domingo, no sería la excepción.

Mientras las horas pasaban y los amigos la pasaban de lujo, el viento comenzó a soplar con mayor intensidad. Eran ráfagas poderosas, tan fuertes que movían las macetas de lugar; pero eso no haría que los amigos se alejasen del patio, después de todo, no todos los días podían pasarlo con Alberto.

Nubarrones negros taparon los cielos y algunos rayos hicieron acto de presencia. Una poderosa tormenta se acercaba.

-Deberían irse, mis estimados – pronunció Alberto, pero tuvo que gritar para ser oído.

– Estamos bien aquí – le respondió una de las palomas.

-Es por su bien – dijo Alberto, mirando a las torcazas, quienes se chocaban entre ellas intentando no ser despedidas por las fuertes ráfagas.

-Tiene razón – pronunció otro canario. Y así fue como, uno por uno, los amigos se fueron despidiendo hasta que sólo quedaron dos torcazas revoltosas.

-¡Adiós, querido Alberto! – gritó una mientras se elevaba.

-¡Adiós! – le respondió Alberto.

-¡Adiós! – le gritó la ultima que quedaba. Pero antes de que pudiese levantar vuelo, una sombra apareció. Aterrizó en el patio salvajemente, como era común en él, y se acomodó las plumas de las alas. Aguilucho era, antes que todo, un ave pulcra.

-¿Cómo le va, querido Alberto? – Gritó Aguilucho – ¿Lo están pasando bien? – dijo, mientras que con sus garras hacía soniditos en las baldosas.

–Oh, señor Aguilucho. Me sorprende verlo por aquí – dijo Alberto, quien con la mirada le decía a la torcaza que se alejase lo más posible.

-¿Por qué te sorprende? Después de todo, soy un ave como ustedes. Y ¿sabe que más? También tengo mis sentimientos.

-Si es por el hecho de que no fue invitado al almuerzo y merienda, es debido a un malentendido con los mensajes, la próxima vez será invitado sin problemas –

Justo en ese momento, todos los amigos de Alberto vieron la escena que se gestaba sobre tierra y con cuidado, comenzaron a descender.

-Lo siento, querido Alberto, a mi parecer no habrá una próxima oportunidad – dijo mientras giraba su cabeza hacia la pequeña torcaza – ni para ella, ni para mí.

Con un rápido movimiento de las patas, Aguilucho atacó a la aterrada torcaza. Pero Alberto, desesperado por protegerla, golpeó el costado de su jaula y ambos cayeron ruidosamente al suelo, interponiéndose entre Aguilucho y la torcaza, justo a tiempo para que sus garras se aferraran al metal y levantara vuelo, con jaula y todo.

Todos estaban espantados, Aguilucho había raptado a Alberto. ¡Debían rescatarlo!

-¡Todos, despeguen! – gritó una de las palomas, y las nueve aves emprendieron vuelo.

– ¡Muy bien muchachos! Haremos un espiral ascendente hasta quedar encima de Aguilucho y nos quedaremos detrás. Torcazas, ustedes ataquen cuerpo a cuerpo, los canarios lo guiaran con fuego rápido hasta dejarlo en nuestra posición de tiro pesado. ¡¿Queda claro?!

-¡Si, señor! – respondieron todos al unísono.

Las torcazas comenzaron con un aleteo más profuso, en un intento de acercarse. Mientras tanto, los tres canarios iniciaron un ascenso vertical al suelo y contra la gravedad. Como si fuesen robots, las tres dejaron de aletear y perdieron velocidad. El resto lo haría la gravedad.  Rápidos como misiles, los canarios cayeron en picada y rápidamente se acercaron a la espalda de Aguilucho.

-¡A mi marca, abran fuego! – gritó el que iba más adelante. De entre las plumas emergieron dos pequeñas ametralladoras de calibre .50 y los disparos empezaron a sonar.

Aguilucho logró oírlos justo a tiempo para esquivar las balas, pero en ese momento, las cuatro torcazas aparecieron del costado y lo chocaron fuertemente. Unidas, eran invencibles. Sin embargo su enemigo no era ningún tonto. Rápidamente abrió sus alas y frenó en seco su vuelo, alejándose de las torcazas y golpeando fuertemente a una, quien cayó en picada al vacío. Una risa macabra retumbo en aquel cielo tormentoso, mientras los rayos lo iluminaban. Aguilucho inicio nuevamente su ascenso, lentamente, sin parar. Los tres canarios pasaron de largo pero frenaron a tiempo para no chocar con las torcazas. Imitando la maniobra de los canarios, Aguilucho giró sobre sí mismo y comenzó a caer en picada, hasta ponerse detrás de las seis aves. Pero había olvidado una cosa. Una fuerte explosión en su lado derecho lo desestabilizó. Las palomas habían empezado a disparar sus misiles AIM-120C AMRAAM de medio alcance. Debía llevar la pelea a vientos más veloces. Sintiendo con sus plumas, se aferró a una corriente rápida ascendente, que lo elevó con pasmosa velocidad. Las ocho aves, una vez más, comenzaron la persecución. Debido a la fuerza de la gravedad, Alberto estaba desmayado dentro de su jaula. Aguilucho aun seguía subiendo y el grupo no se separaba de su cola; lentamente, los nueve entraron al ojo de la tormenta. Explosiones azules y blancas, estruendos ensordecedores y vientos huracanados, los envolvieron; una enorme masa de vientos cruzados se estaba formando. El frio y la lluvia no ayudaban y lentamente las torcazas perdieron su lucha contra la tormenta, volando fuera de ella. Las palomas y los tres canarios aun seguían en pie. Luego de disparar algunas balas mas, se detuvieron, al ver que desde aquella posición le darían a Alberto.

-¡No debemos dejar que Aguilucho se aleje! – pero mientras una de las palomas gritaba ésta frase, una fuerte ráfaga los golpeó, obligándolos a detenerse; y allí fue cuando Aguilucho actuó. Se dejó caer y comenzó la caída en picada.

-¡¡Cuidado!! – gritaron, pero una paloma y dos canarios no lograron esquivarlos y fueron golpeadas brutalmente por el ave asesina. Aguilucho alcanzó velocidades imposibles mientras descendía, alejándose rápidamente del resto, y en un santiamén, se encontraba fuera de la tormenta. Pero un fuerte golpe en el rostro, obra de la torcaza que Alberto había salvado, hizo que soltara la jaula. Enfuscado por el odio, comenzó a perseguirla. Mientras tanto, la paloma y el canario que habían escapado del ataque de Aguilucho volaron rápidamente, intentando aferrarse a la jaula. Por suerte, a pocos metros del suelo, lograron atraparla; el impacto hizo despertar a Alberto, quien miró con ojos confundidos la escena final de aquella batalla.

La torcaza y Aguilucho se metieron nuevamente en el ojo de la tormenta; y fue gracias a la gran visión de los cardenales, que Alberto pudo ver: la torcaza volaba furiosamente y Aguilucho ya estaba sobre ella. En ese momento, la pequeña torcaza giró su cabeza y miró hacia abajo, hacia Alberto, y sonrió. Las garras de Aguilucho se aferraron a ella y ambos fueron engullidos por la tormenta.

Ya pasaron varios años de aquel suceso y los amigos continuaron juntándose para almorzar y merendar. Algunos, obviamente, habían perdido su lucha contra el tiempo pero su esencia perduraba en aquel patio. Sin embargo, lo que nunca cambiaría, ni siquiera luego de que Alberto abandonara su jaula, serían dos plumas: una gris y otra negra, que mantenían vivo el recuerdo de la torcaza y Aguilucho, víctimas de la amistad y la soledad.

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