COYOTE 1era parte

Despertó en un cuarto oscuro. Estaba cubierto por una fina película de sudor y su corazón latía sin freno. Se quedó observando la negrura del lugar, escuchando atentamente. Con lentitud, bajó de la cama donde se encontraba y se escondió debajo de la misma; boca arriba. El encierro le hacía sentir seguro, tranquilo; su respiración volvió a la normalidad pero el estado de alerta no se iría en ningún momento. No podría pegar un ojo el resto de la noche.

El tiempo avanzaba para los demás pero no para él. Su tiempo se había congelado hacia ya muchos años, en las tierras áridas, consumidas por las guerras, la muerte y la decadencia humana.

Las primeras luces del amanecer se colaron por las persianas del cuarto, develando pequeñas fracciones del mismo. Nada, eso era lo que había. La nada misma. A excepción de la cama, ningún mueble era visible en aquel lugar.

El chirrido de la puerta abriéndose llamó su atención. Apretó fuertemente el puño de su mano derecha, el único que tenia. La persona entró, atravesó el cuarto con velocidad y confianza, se detuvo junto a las persianas y las abrió de un tirón. El cuarto se bañó en una luz blanca, cegadora, e iluminó el único objeto allí presente. La cama no tenía colchón (éste estaba tirado en la otra punta del cuarto) ni sábanas, sino que varias planchas de cartón cubrían los tirantes de madera.

-¿Otra vez sacaste el colchón? – la voz era femenina y dulce, pero a la vez, severa – ¿Cuándo vas a aprender?

Se acercó a la cama y sus pies se detuvieron en el borde, rápidamente se agachó. Era una mujer joven, alrededor de los 30 años, de cabello rubio y bella contextura. Lo miró con cierta ternura. – Vamos, arriba.

El joven emergió de su escondite rápidamente. La luz iluminó su cuerpo, haciendo brillar sus incontables cicatrices y su brazo izquierdo, que sólo llegaba hasta el codo. Era flaco, pero se notaba la fuerza que poseían sus músculos. No era feo, pero su expresión sombría y de pocos amigos, lo volvían algo desagradable.

-¿Tenés hambre? El desayuno está listo, por si querés tener algo en el estomago. Los amos te están esperando abajo, no los hagas esperar. ¿Entendés?

El joven no le contestó, solo se acercó a la ventana y observó el paisaje. Una inmensa metrópolis, repleta de rascacielos y edificios sumamente tecnológicos, se abría a sus pies. Tampoco se sentía cómodo allí. Había crecido rodeado de peligros, entre la basura y los cadáveres; él no estaba acostumbrado a caminar entre los vivos.

-¡Ey! – la mujer llamó su atención. De todas las personas que vivían en la casa, ella era la única que no le caía mal. Al resto, podría verlos morir frente a sus ojos que él tan solo seguiría caminando de largo. Sin embargo, siempre que estaba junto a ella, se mantenía alerta. No quería cometer los mismos errores del pasado – Vení, ponete la ropa que los amos te cedieron.

Las prendas eran simples, pero de inmensa calidad. Llevaba puestos unos pantalones negros que, a simple vista, parecían ser de vestir; sin embargo, su elasticidad era igual a la de las prendas deportivas. En la parte de arriba, una chomba blanca con el diseño bordador de un águila en pleno vuelo, mientras que una serpiente agonizaba entre sus garras.

Al poco tiempo de llegar, había comprendido que era común en las familias adineradas, el poseer escudos que los representasen; y que los bordasen en todas sus prendas.

Mientras bajaban las escaleras, se iba acomodando la ropa. La odiaba, se sentía sumamente incomodo en ella.

El lugar era enorme. La escalera bajaba en espiral hasta la planta baja, y estaba hecha de mármol y madera. En las paredes que la rodeaban, colgaban los cuadros de los antiguos jefes de la familia.

Luego de atravesar varias salas y cruzar incontables puertas, llegaron a una pequeña sala para invitados. Dentro se hallaban 2 hombres. A uno lo reconoció ya que era su actual dueño, pero al otro, no.

-¡Oh! Aquí está – era su dueño el que hablaba. Era un hombre corpulento, de estomago hinchado por el alcohol y nariz prominente. El joven no reaccionó. – Vamos, adelante, adelante – el hombre gordo le hacía señas desde lejos con la mano, como si fuese un perro. Se notaba el miedo que le tenía. – Eh, Carla, por favor, hacelo entrar.

-Lo siento mucho, aún le cuesta entender el idioma – el joven comprendía a la perfección el idioma. Pero le gustaba la sensación de poder que tenía sobre el gordo.

La mujer que hasta ahora lo había acompañado durante el proyecto, lo tomó de la mano derecha y le hizo entrar. Se detuvieron en medio de la sala.

-Bueno, aquí lo tiene. ¿Qué le parece? – le dijo su dueño al otro hombre.

-Excelente espécimen. ¿De dónde dice que lo sacaron? – el que hablaba era alto y flaco, el opuesto al gordo. Unos prominentes bigotes decoraban su rostro, escondiendo sus labios. En su ropa se podía ver, bordado sobre su corazón, el dibujo de un árbol.

-De “La Isla Tartaruga”. Horroroso lugar – secó el sudor que goteaba de su frente, siempre se ponía así cuando lo miraba fijamente.

-¿Cómo perdió el brazo? ¿Fueron ustedes?

-Oh, no, no. Por favor,  ¿Cómo se le ocurre? Ya estaba así. Aun que no se si de nacimiento o tal vez una bomba.

-¿Edad?

-No tengo idea. ¿20?

El hombre se acercó lentamente pero con paso seguro. El gordo intentó detenerlo pero se contuvo. Se paró en medio del cuarto, frente al joven. Lo observó detenidamente. Luego sonrió. – Me lo llevo.

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