Enanos de alacena Primera parte

La cosa de los enanos es que aman la comida picante, y son capaces de hacer lo que sea, para conseguirla.

Tuve el  infortunio de cruzarme con estos amantes de lo picantes una vez en mi vida y espero no volver a hacerlo.

Si mal no recuerdo, sucedió un día sin importancia. En mi intento de impresionar a mis cuñados mexicanos, no tuve mejor idea que emular las comidas autóctonas de aquellos lares.

Luego de una ardua investigación, me tope con lo que parecía ser el picante definitivo, la opera prima de la naturaleza en cuanto a picantes. Su nombre era, si me disculpan aquellos que están leyendo este recuerdo, ají putapario. Aunque jamás llegue a probarlo, puedo decir que una vez que lo incluyas en tu vida, vas a pronunciar su nombre reiteradas veces.

Pero antes de proseguir con mi historia, déjenme contarles quiénes son estos “enanos”. No son los enanos que todos conocemos ni tampoco son los enanos comunes de las historias. Estos no viven dentro de las montañas ni adoran el oro, no usan hachas ni tienen barbas largas como sus cuerpos; tampoco tienen el tamaño de un enano normal, no, estos enanos son enanos de alacena, también conocidos como duendes de alacena.

Al parecer, cuando se inventó la primera alacena, nació el primer duende. No se sabe a que se debe esta conexión casi espiritual que poseen con estos muebles pero desde que pusieron su pie en uno de ellos, jamás lo abandonaron.

Como dije anteriormente, los duendes de alacena no son como los enanos comunes y corrientes. Son pocos los que tienen barba larga, la mayoría se afeita con regularidad. Tengo entendido que adoran la pulcritud y el orden, lo cual comprendo y comparto con ellos. Tal vez fue ese aspecto de mi persona lo que hizo que se sintieran tan a gusto en mi inmobiliario.

Tampoco tienen hachas que usan para cazar, en realidad son más que nada pacíficos y calmos, pero bueno, hasta el lago más tranquilo se mueve bruscamente si se lo sopla con fuerza. Aun así, cazan a los insectos que intenta entrar en sus dominios, así que se podría decir que son bastante territoriales; lo cual comprendo sumamente, a mí tampoco me gustaría que una cucaracha anduviera por la suyas en mi casa.

En los incontables encuentros que tuve con estos seres, llegue a darme cuenta de la gran inteligencia que poseen. Uno podría llegar a pensar que seres tan pequeños podrían tener tal poder cerebral, por decir algo. Obviamente que nunca les dije una palabra de esto, su sentido del humor y de la autoestima es bastante extraño.

Algo que también note, en mis tantos encuentros, es que estos duendes – a diferencia de otros duendes – son extremadamente románticos y dulces, a tal punto que pueden generarte diabetes con solo verlos intentar enamorar a una de sus mujeres.

Me gustaría seguir contándoles sobre estos encantadoramente molestos duendes pero tengo una historia que contar y un lugar al cual debo llegar en horario. Por eso, aquí va.

Una de las pruebas que me auto propuse fue la de “encarar” – si esa es la jerga que usan los jóvenes de hoy en día – a una mujer. Bien, luego de planificar todo cuidadosamente – creo haber dicho que soy muy meticuloso – de encontrar a mi “victima” y de juntar el poco valor que tenía en esa época, fui a buscarla.

Su nombre era Amelia. No digo su nombre en pasado por que este, bueno…. Ustedes saben, sino porque esta es una historia que ocurrió hace tiempo y Amelia ya no forma parte de mi vida.

Bien, como iba diciendo. Luego de juntar todo el coraje que tenia, fui a buscarla. Amelia era la mujer más hermosa que había visto en mi vida hasta ese momento. Obviamente que me había cruzado un tantísimo de otras mujeres también de vasta belleza pero, con ella, fue diferente. Ella era simple, divertida, amable y excelente persona. Pero también podía ser complicada, aburrida, egoísta y una persona insufrible; creo que fue esta contradicción de cualidades lo que hizo que me enamorara de ella perdidamente.

La conocí en la universidad, nos hicimos amigos y cuando llego el momento, le dije si quería ser algo más que amigos. Para la sorpresa de todos, me incluyo en ese grupo – creo haberles dicho que mi autoestima no era muy buena en esas épocas – dijo que sí. El tiempo pasó y con ella tuvimos una cantidad exorbitante de buenas memorias, también de malas y dolorosas; aunque presumo que eso es parte del “estar en pareja”.

En fin, fue debido a una de estas memorias malas y dolorosas, que puse pie en el camino hacia los duendes que vivían en mi alacena.

Ustedes pueden pensar que ¿cómo es posible que en todos los años que viví en mi casa, jamás me topara con los duendes? Bueno, la cosa es que son excelentes escondiéndose y solo se dejan ver por aquellos a quienes ellos creen de confianza. Tengo que admitir que cuando me enteré de esto, mi ego recibió una pequeña golpiza interna, pero no quiero desviarme de la historia, mejor sigo.

En fin, como venía diciendo, Amelia y yo tuvimos una gran pelea. Lo terrible de esto es que ya no me acuerdo debido a que fue esta pelea pero bueno, las peleas ocurren. Como ya dije, Amelia era el amor de mi vida y yo quería hacer lo posible para que se sintiera a gusto y bien. Estar peleados no era el mejor escenario así que decidí rendirme y cumplirle uno de sus deseos: invitar a sus padres a almorzar.

Como dije anteriormente, mis cuñados eran mexicanos y amaban – como todos los mexicanos y las personas con extraño paladar – lo picante. Tenía entendido que el padre de Amelia, era capaz de comerse los ajíes crudos directamente desde la planta, sin sacarlos del tallo. Lo único que rezaba era que no tuviera que pasar por una prueba de esa índole. Mi estomago y la mayoría, por no decir todos, de mis órganos eran algo débiles en el sentido de lo picante y de lo fuerte. Pero si hacer esa prueba iba a mantener a Amelia entre mis brazos, entonces estaba listo para hacerlo.

No fue hasta que me puse a investigar, que me enteré de la gran cantidad de ajíes que hay en el mundo; existe hasta una escala que explica cual es el grado de ardor que generan, yendo desde cero hasta quince millones o más. No quiero generar malestar en aquellos amantes de lo picante pero…bueno, mejor lo dejo ahí.

Como venía diciendo, incursioné fuertemente en el mundo del picante con tal de conmover a mis cuñados y que ellos me ayudaran a quedarme con Amelia. Al parecer hay una variedad importante de picantes: está el Ojo de ave, el Tepin, el Lengua del Diablo, el Fatalli, el Habanero Naranja, el Scotch Bonet, el Habanero chocolate, Red Savina, Bhut Jolokia, Trinidad Scorpion Butch T, etc. Y la lista puede seguir eternamente pero mi memoria no llega a tanto. Como no sabía cuál era el más picante de todos, hice lo que cualquier samaritano hubiera hecho para ganarse a sus cuñados y los compré todos.

Y ahora es cuando comienza mi reunión con los duendes. Al volver del supermercado, guardar todos los ingredientes y cuestionarme que era lo que estaba haciendo con mi vida, me fui a bañar. Siempre pensé que una buena ducha aclaraba la mente y aquí es cuando comenzaron mis problemas.

Cuando salí de la ducha y me dirigí a la cocina, comencé a sacar los ingredientes necesarios para la comida que tenía planeada hacer. Saqué la carne, los quesos, las especias, las tortillas y me propuse a sacar los ajíes cuando me di cuenta que uno me faltaba, el Lengua del Diablo.

Bien, como sabrán ya de mí, yo soy alguien que adora el orden tanto como los duendes así que sabrán comprender mi desesperación al ver que las cosas no estaban como yo las había dejado. Para estos momentos de mi vida, yo creé ciertas reglas u órdenes a seguir, todo sea para que mi ser no entre en caos al momento de que sucedan los hechos mencionados.

El primer paso es el de fijarme en mi lista de compras si están los ajíes.

El segundo paso es el de fijarme si en el ticket de compra, están los ajíes ya mencionados.

El tercer paso es rehacer los pasos que realice desde la bolsa hasta mi alacena, uno por uno, hasta llegar a los ajíes para ver si no los guarde como debía.

Bien. Como ya sabrán, los ajíes no estaban allí y mi cerebro entro en pánico, hasta me pareció percibir un pequeño ataque de asma, pero ante la realización de que no faltaba mucho para que mis cuñados llegasen, hice mi mayor esfuerzo para calmarme.

Considerando todos los escenarios posibles, decidí optar por lo sano y bloquear de mi mente el recuerdo de siquiera haber pensado en el ají Lengua del Diablo. Cerré los ojos, respiré hondo y calmé todo mi ser. Para estos casos siempre me sirvió la meditación. Como sabrán, yo jamás fui buen deportista, pero siempre halle cierto en el yoga. Apliqué las técnicas de respiración enseñadas por mi maestro, Il Balahur, un hindú de aquellos, y calmé las aguas dentro de mí.

Siguiente paso, comenzar a cocinar.

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