Una ultima vez

El día que nació mi hijo fui el hombre más feliz – al menos por un segundo – del mundo. Su cuerpecito minúsculo entraba sin problemas en la palma del doctor, mientras que sus piernas y manos rechonchas y coloradas se movían por doquier, como intentando aferrarse a algo; su llanto de vida resonó en la pequeña sala.
Mi mujer, Alicia, estaba exhausta. Bueno, no era para menos, imagino que cualquier mujer se sentiría del mismo modo. Le mostraron el bebe a mi señora, quien lloraba de la felicidad, bueno no era la única; tengo que admitir que algunas lágrimas cayeron por mi rostro. Pero cuando quise acercarme para verle su carita, los médicos se lo llevaron para limpiarlo y ponerlo en una de esas incubadoras, al parecer estaba un poco débil. Ella se recostó y cerró los ojos.
Aproveché el momento para que Alicia y yo decidiéramos el nombre de nuestro hijo. Obviamente le pedí que considerara llamarlo igual que mi padre: Daniel, pero al parecer no me había escuchado ya que sólo siguió descansando. La dejé estar, si, era lo mejor.
Decidí salir del cuarto y justo en ese momento, Alicia susurró mi nombre y vi como una lágrima caía por su mejilla.
-Tranquila amor. Ahora me toca a mi cuidar a nuestro hijo – Salí lo más rápido que pude y casi que llegué en un instante, como si hubiera atravesado las paredes, y ni siquiera estaba cansado; lo que me sorprendió, ya que jamás fui un buen deportista. Al parecer, ser padre, si que te cambia.
Cuando entré, mi hijo dormía plácidamente en su cuna. Ni siquiera tuve que detenerme a preguntar cuál era, porque era imposible no darse cuenta. Era hermoso, igual que su madre, y ya desde pequeño tenía el semblante característico de la familia. No podía estar más orgulloso.
Me acerqué lentamente, intentando no hacer ruido, aunque supiera que era imposible que me escuchara. Estaba casi al lado suyo, pero al tocar el vidrio que me separaba de él, algo sucedió. Su cuerpo se movió incomodo, se apretujó, como si tuviese frío. Retrocedí instantáneamente, llamé a gritos a la enfermera que llegó a los pocos segundos. Le pedí que llevara en ese mismo momento a mi hijo con su madre, necesitaba estar con ella, era obvio para mí. Acataron la orden rápidamente, lo tomaron con delicadeza – probablemente porque yo me encontraba allí – y se lo llevaron del cuarto; salí de allí corriendo.
No sé como sucedió, pero nuevamente, llegué con velocidad de maratonista y sin perder el aliento junto a mi esposa. Detrás de mi entraron los médicos, quienes traían a mi hijo en brazos. Se lo entregaron a mi mujer, quien lo abrazo con ternura de madre, y lo apretujó contra sí. La simple imagen de verlos a ellos dos juntos, felices y sanos, jamás se borraría de mi memoria. Me acerqué a ellos, deseoso de formar parte de aquella imagen familiar, pero otra vez mi hijo se quejó y retorció. Mi mujer, preocupada, alarmó a las enfermeras, quienes llamaron inmediatamente al doctor. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Era yo el culpable del mal que acechaba a mi hijo?
-Probablemente es que si – Su voz era dulce, delicada y suave, como la crema. Entró en la sala, vestida con su bata blanca, y me miró con ternura, como si me conociese desde pequeño y me hubiera visto crecer hasta convertirme en el adulto que ahora soy.
– Yo no puedo ser el culpable, jamás lastimaría a mi hijo, él es mi vida –
– Ya sé, pero vos y él, existen en dos mundo totalmente diferentes. Él está muy débil y necesita del mundo de su madre, si vos te acercas, lo acercas a tu mundo. ¿De verdad querés eso para él?
– No, yo… ¿A qué te referís? –
-Sabes a lo que me refiero –
No quería aceptarlo. Me acerqué nuevamente a mi familia pero el llanto desgarrador de mi hijo me asustó, los médicos no sabían que hacer. Me alejé rápidamente y dejó de llorar. Entonces ella tenía razón, yo era el problema.
-No te preocupes. Siempre vas a poder vigilarlo y cuidarlo. No vas a estar al lado de él pero si estarás por siempre en su corazón. Él no va a recordarte en este momento pero bien en el fondo sabrá que su padre siempre lo protegerá –
Me alejé otros pasos, casi había llegado al otro lado de la sala y estaba lo más lejos posible. Las manitas de mi bebé buscaron con frenesí los senos de Alicia, quien no dudo de dárselos.
-¿Me lo prometes? – Las manos ya no me temblaban tanto, si es que en algún momento me hubieran temblado – ¿Me prometes que va a saber que lo amo con todo mi corazón y que siempre lo voy a cuidar? En las buenas y en las malas, el siempre va a ser mi bebé – las lagrimas caían por mi rostro. Las sentí extrañas, ajenas a mí.
– Te lo prometo – y yo sabía que decía la verdad. Me sentí sumamente aliviado, mi cuerpo se liberó de una enorme carga, tanto que me sentí etéreo. Di mis últimos pasos, buscando claridad en aquella escena, y al principio no sucedió nada. Pero a la larga, las cosas comenzaron a mostrarse como en verdad eran. La doctora ya no llevaba su bata blanca, sino que ahora la cubría una túnica, negra como la noche e igual de hermosa que ella, y en su mano derecha se lucia un soberbio bastón, largo, que le confirió una gran dignidad. La realización de lo que estaba por sucederme, me atravesó de los pies a la cabeza, era un destino imposible de escapar. Me tomó del hombro y me miró como una madre mira a su hijo, y me sentí un niño otra vez. Lleno de calma y felicidad.
Lentamente comenzamos a desaparecer. Primero los pies, luego las piernas y el torso; era una sensación extraña, cálida y a la vez fría, desconocida y a la vez familiar. Le devolví la sonrisa y miré por última vez a mi familia, los cuidaría por siempre. Se los prometí, y yo siempre cumplo mis promesas, mientras me desvanecía en la nada misma y mi esencia pasaba a mayor plano.

Lo último que vi, fue la cara dormida de mi hijo y la sonrisa de Alicia, luego todo se tornó blanco y ya nada importó, porque una fuerza superior me hizo la promesa de que jamás les pasaría algo.

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