GTA: Polo Norte

El cuarto estaba a oscuras. Por las ventanas entraba la luz de la luna, remarcando la figura de un hombre. Era robusto, de enorme tamaño y se encontraba en cuclillas, con sus manos tensas, como si intentase tomar algo extremadamente frágil.

-Oh si, pequeño Jimmy, esto te gustará mucho – sus dedos empezaron a moverse frenéticos, se oyó un golpe metálico – Sh, Sh. No hagamos ruido, no queremos despertar a tus padres ¿no?

Todo seguía a oscuras. De repente, se encendió la luz del pasillo, y una nueva figura apareció en el lugar. Su tamaño era sumamente pequeño.

-¡¿Qué demonios hace?! – se encendió la luz del cuarto y Santa Claus se tapó el rostro, encandilado. Se encontraba junto a un árbol de navidad y a sus pies había un regalo con el nombre de Jimmy.

-¡Maldición! No me interrumpas de esa manera.

-Pero Santa, ya paso su medio segundo para dejar el regalo. Hay otros niños pequeños e inocentes por visitar.

-¡Cállate! Jimmy es especial – pero cerró los ojos y bajó la cabeza, asustándose de sus propias palabras – No, tienes razón. Vámonos.

Dejaron los regalos faltantes, apagaron las luces y se retiraron. Rápidamente se subieron al trineo y comenzaron a avanzar. Necesitaban alcanzar cierta velocidad para que los renos levantaran vuelo, por lo que ambos se acomodaron en sus asientos, pensando en todos los lugares que les faltaba recorrer. El viento sacudía su barba, mientras que la luz de la Luna la tornaba de un magnifico color plateado.

Repentinamente, luces rojas y azules, iluminaron las calles.

-¡Detenga el trineo! – gritaron a través de un megáfono los policías.

-Ch, maldita sea, tenía que ser la policía. ¡Rodolfo, sácanos de aquí!

-¡Rodolfo, Rodolfo! –  repitiendo su nombre como un pokémon, su galope se tornó más violento y un bufido salvaje escapó de su boca.

-¡Ultima advertencia, detenga los renos y baje del trineo! – avisaron amenazantes los policías.

-¡Demonios! Rodolfo, Sergio, maniobra evasiva número 6.

El duende lo miró asustado – Pero Santa, los niños.

-¡Haz lo que te digo, maldita sea! – Sergio, al principio reacio en formar parte de aquella acción bestial, cambió de parecer al ver las lágrimas que caían como cascadas por el rostro de Santa. Metió la mano dentro de la enorme bolsa roja y sacó un regalo. Acarició el envoltorio azulado con dibujos de corazones con sus dedos, pensando en el pobre niño que no llegaría a ver su regalo y, con lágrimas en sus ojos, gritó y lanzó el regalo hacia sus perseguidores.

Su vuelo sonaba igual a fuegos artificiales y al caer, una explosión de colores y dulces se producía en el lugar; sin embargo, los policías eran sumamente habilidosos, esquivando con facilidad los proyectiles.

Rodolfo zigzagueaba por las calles, en un intento de perderlos.

-¡Detente, Santa! Debes pagar por tus crímenes.

-¿Entregar felicidad y amor a niños y niñas del mundo, mientras sus padres duermen plácidamente? – Gritó Santa – ¡Lo que yo hago es algo bueno! ¿Por qué quieren destruirlo?

-Lo repetiré una vez más. Detenga los renos y descienda del trineo, es su última advertencia. Sino dispararemos a discreción.

-Lo que yo hago, es ¡ARTE! – pero su grito fue tapado por los disparos de las armas de fuego. Rodolfo, sorprendido y asustado, golpeó de lado a un auto pero siguió corriendo.

-¿Rodolfo, estas bien? – preguntó preocupado Santa.

El reno bufó con seguridad ante la pregunta de su dueño, pero ocultó su rostro para que no viese las gotas de sangre que caían de su boca.

Sergio continuaba tirando regalos, hasta que por fin uno de ellos logró tocar la rueda delantera del automóvil, reventándole la llanta. Sin embargo, el auto continúo su marcha, levantando chispas y pedazos de asfalto. Uno de los disparos roza el brazo del duende.

-¡Maldición, Sergio!

Al ver que la situación era desesperada, Rodolfo le bufó a sus compañeros renos y luego bufó con mayor volumen, llamando la atención de Santa.

-¿Rodolfo, que haces? – preguntó confundido. El reno giró la cabeza y lo miró a los ojos. Ya no como un animal y su dueño, sino como dos amigos que habían pasado por incontables aventuras y peligros, lográndolos superar con el poder del amor y la amistad.

Con sus dientes, se soltó las amarras y, corriéndose del camino, enfrentó a los policías.

-¡Rodolfo! ¡NOOOOOO! – mientras el grito de Santa se perdía en la noche, el trineo levantó vuelo.

Un estallido resonó en la ciudad, mientras una nube de fuego se elevaba en el cielo. Esa noche, una luz roja se apagó y abandonó este mundo.

Mientras Sergio intentaba detener a Santa de que salte al vacío, se alejaron de allí, sin olvidar por un segundo el sacrificio de su amigo Rodolfo.

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